“Creación, caída y redención: el largo camino de la historia de la salvación”

Homilía para la Misa de la Vigilia Pascual
4 de abril de 2026; Catedral de Santa María

Introducción

«Ésta es la noche que a todos los que creen en Cristo, por toda la tierra, los arranca de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, los restituye a la gracia y los agrega a los santos.» Estas palabras que acabamos de escuchar cantadas en el solemne Pregón pascual hablan del misterio de esta noche, de su singularidad en toda la historia del mundo. Singular lo será también en la vida de nuestros hermanos en la fe que serán conducidos a la gracia y unidos a los “santos”, al cuerpo de creyentes, en los sacramentos de la iniciación cristiana que recibirán en breves momentos, incorporándolos a la comunión de la Iglesia y a la plenitud de la vida en Cristo.

 

Creación y caída

Sí, esta noche, la noche en que Cristo resucitó de entre los muertos, es única en toda la historia en este mundo, y es el punto de inflexión para la vida en el mundo que ha de venir. Pero fue un camino muy largo el que condujo a esta noche. Las múltiples lecturas que acabamos de oír, que constituyen la Liturgia de la Palabra de esta Vigilia Pascual, narran algunos de los hitos de ese largo itinerario.

Todo comienza con la creación: Dios crea el mundo y corona su obra con el hombre y la mujer, a quienes crea a Su imagen y entrega el uno al otro para cuidarse mutuamente, para cuidar la tierra y para propagar la raza humana. Pero, como sabemos, el camino no termina ahí. Hubo una caída de la gracia, por lo que era necesario ese largo trayecto que nos trae hasta esta noche.

El camino mismo comienza con el llamado de Dios a Abraham para que sea el padre del pueblo que Él llamaría para que fuera el suyo, a quien rescataría de la esclavitud de Egipto y formaría como Su pueblo durante esos cuarenta años de vagar por el desierto del Sinaí a la Tierra Prometida. Allí les daría la Torá, la Ley, por medio de Moisés, que los distinguiría de todas las demás naciones. Debían vivir conforme a esa ley superior para que fueran luz para las naciones, pero con frecuencia fracasaban volviendo a la adoración de los dioses falsos de sus vecinos paganos. Él desposó a este pueblo consigo, y a veces tuvo que humillarlos para recuperarlos cuando se apartaban.

 

Redención

Todo esto se cumple en el Hijo unigénito de Dios, nuestro Señor Jesucristo. Lo envió al mundo para cumplir las promesas hechas a Su pueblo en los tiempos antiguos e incorporar a todas las razas de la tierra a Su único pueblo. Así vemos aquí el patrón de la historia de la salvación, la historia básica de toda la Biblia: creación, caída y redención.

El cumplimiento de la redención por Cristo hace surgir a este pueblo de la Nueva Alianza, un pueblo igualmente llamado a ser luz para las naciones, llevando al mundo entero la Buena Nueva de la salvación. Es un pueblo arrancado, es decir, separado. “Separado”, sin embargo, no significa estar apartado de los demás, ni mucho menos superiores a ellos. Significa lo que nos enseña el Pregón pascual: ser separado de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado”. Sí, el pecado es de las tinieblas, ¡es algo sombrío! Tiene un brillo que nos puede seducir, pero siempre termina dañándonos. Nos entristece, nos quiebra; no nos hace felices. Nuestro Señor Jesucristo, y sólo él, puede levantarnos de esa tristeza y oscuridad hacia la vida, el amor y la felicidad de la vida en Dios.

 

Historia de salvación personal

En el relato del descubrimiento del sepulcro vacío que oímos en el Evangelio de esta Misa nocturna, nos da esta descripción del ángel que apareció a las mujeres: «Su rostro brillaba como el relámpago y sus vestiduras eran blancas como la nieve.» ¡Es mucho resplandor! Hay dos sentidos en ese resplandor: uno evocado por el relámpago y otro por las vestiduras blancas como la nieve. San Gregorio Magno lo explica bien en una de sus homilías: «En el relámpago hay terror espantoso, pero en la nieve hay un brillo templado, porque el Dios omnipotente es terrible para los pecadores y suave para los justos; así el ángel, que es testigo de Su resurrección, aparece con semblante como relámpago y vestido como la nieve, para que por su aspecto aterrorice a los malos y conforte a los buenos».*

¿Nos deslumbra la luz o nos ayuda a ver más claramente la verdad de Dios? Cuando estás en una habitación oscura y alguien enciende la luz, al principio quedas cegado. El choque de la luz instantánea que disipa la oscuridad te impide ver. Pero con el tiempo los ojos se ajustan y permiten ver con claridad. Muchas

veces el itinerario de la creación a la caída y de la caída a la redención es así. A veces la luz nos permite ver nuestra maldad y eso nos aterroriza; pero entonces podemos ver la bondad de la verdad y la misericordia de Dios y acercarnos a ellas. Y así la verdad que Dios nos enseña pasa a ser fuente de consuelo y libertad y no una carga ni algo desagradable.

 

Conclusión

Nuestros hermanos que están por recibir la iniciación en la Iglesia han tenido ángeles en forma humana que les anunciaron la Buena Nueva. Por medio de ellos Dios tocó a estos hermanos nuestros para que supieran que el mismo Dios puede hacerlos dignos de Su amor y liberarlos. Esto es lo que hace la Resurrección de Cristo por nosotros. Pero no se queda ahí: también es nuestro llamado a hacer lo mismo por los demás, a ser un ángel de luz que anuncia la Buena Nueva, cumpliendo nuestra parte en la Gran Comisión. El largo camino de la historia de la salvación continúa ahora con cada uno de nosotros. Vivir de manera arrancado «de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado» es la manera de hacerlo. Que Dios nos conceda la gracia de perseverar hasta el día de Jesucristo (cf. Fil 1,6). Amén.

Photo: Mark Wilson

A religious leader performing a sacred ritual with a woman bowing in reverence during a church ceremony. Several clergy members assist in the spiritual event.
A high-ranking clergy member conducts a sacred ritual as a woman bows in reverence, surrounded by church officials, highlighting a significant religious ceremony.

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