“El encuentro que lo cambia todo”

Homilía para el Rito de Elección
Primer Domingo de Cuaresma, Año “A”
22 de febrero de 2026; Catedral de Santa María

Introducción

Esta noche, al celebrar el Rito de Elección, recuerdo una historia que escuché una vez en la radio.  Una joven hablaba de cómo su hermano había cambiado después de irse a la universidad.  Antes compartían todo: intereses, amistades, la manera de ver la vida.  Pero en la universidad él encontró un grupo cristiano muy fervoroso.  Así es que llegó a conocer personalmente a Jesucristo y se encendió con el fuego de su nueva fe.  Pero a ella no le gustó ese cambio.  Interpretó su nuevo fervor religioso como estrechez de mente.  En un momento le preguntó: “¿Tú crees que voy a ir al infierno?”  Y él le respondió: “Irás, si no te arrepientes de tus pecados.”

El Encuentro que te Cambia

Esa respuesta puede parecer dura.  Pero en el fondo contiene algo profundamente cristiano: el arrepentimiento es esencial.  De hecho, es el corazón de la fe cristiana.  El encuentro con Jesucristo cambia a la persona.  No está destinado a dejarnos igual.  No se trata de volverse estrecho de mente o juzgador, porque esa no es una actitud cristiana.  Se trata de tener la convicción de que Jesucristo es la Verdad y el único camino hacia la vida verdadera y eterna, y de desear ardientemente compartir esta Buena Nueva con los demás.  Ese encuentro nos convierte: nos aparta del pecado y nos orienta hacia la vida.

Queridos catecúmenos y candidatos, ustedes saben esto por experiencia.  Saben lo que significa encontrarse con Jesucristo y sentir que su vida comienza a cambiar.  Saben que el Evangelio no es solo una filosofía, sino un llamado: un llamado a arrepentirse, a creer y a caminar en una dirección nueva.  Están aquí esta noche porque han escuchado esa llamada.  Dan un paso al frente públicamente porque desean caminar el camino de la vida con Jesucristo.  Y ninguno de ustedes ha llegado solo hasta aquí.  Otros los han ayudado: invitándolos, explicándoles la fe, respondiendo a sus preguntas, orando por ustedes y acompañándolos.  Padrinos, catequistas, sacerdotes, diáconos, familiares y amigos han sido instrumentos para presentarles a Jesucristo.

Eso es evangelización: el deseo ardiente de compartir la Buena Nueva.  Y esta Buena Nueva es para todos.  Lo vemos esta noche en nuestra Catedral.  Parroquias de los tres condados de nuestra Arquidiócesis están representadas aquí, con toda la diversidad de culturas, idiomas, etnias y experiencias de vida.  El Evangelio llega a todos los rincones.  Y cada uno de nosotros, sin importar nuestro origen, comparte la misma misión: ser evangelizadores.  Pero para ser verdaderos evangelizadores, primero debemos convertirnos nosotros mismos, una y otra vez.  El arrepentimiento no es algo que se hace una sola vez; es un llamado continuo.  Por eso la Iglesia nos regala este tiempo santo de Cuaresma.

La Formación Cuaresmal en la Vida Cristiana

La Cuaresma es el campo de entrenamiento de la Iglesia, un curso intensivo en la vida cristiana, que nos fortalece contra el mal y las asechanzas del demonio.  La Iglesia siempre ha reconocido que la vida cristiana implica combate espiritual.  El Miércoles de Ceniza comenzamos este tiempo cuaresmal pidiendo a Dios “que nuestros actos de penitencia nos ayuden a vencer el espíritu del mal.”  Estos actos de penitencia corresponden a los tres pilares de la Cuaresma, cada una de las cuales nos fortalece contra una de las formas en que el diablo nos tienta a alejarnos del camino de la vida.

Lo vemos en el Evangelio cuando San Mateo describe las tentaciones de Jesús en el desierto.  Primero, la tentación de convertir las piedras en pan: es la tentación de ceder a los deseos más bajos de modo desordenado y excesivo, atracción que sentimos hacia la sensación del placer carnal.  Luego, la tentación de buscar espectáculo y poder: el deseo de gloria y reconocimiento para ejercer poder sobre los demás.  Finalmente, la tentación de las riquezas: una vida de facilidad y comodidad, cuidando a los demás solo en la medida en que no perturbe la vida agradable, cómoda y fácil de uno.

Catecúmenos y candidatos, su camino nos recuerda que Cristo sigue llamando y transformando vidas.  Y ese llamado al arrepentimiento es constante, como nos lo recordó la Iglesia hace cuatro días cuando recibimos la ceniza sobre nuestras cabezas con las palabras: “Conviértete y cree en el Evangelio.”  La Cuaresma nos da los actos de penitencia necesarios: el ayuno nos fortalece contra los deseos desordenados; la oración nos arraiga en la obediencia y la humildad ante Dios; la limosna y las otras obras de caridad nos enseñan a usar nuestros dones para los propósitos de Dios, compartiendo con generosidad las bendiciones recibidas.

Conclusión

Para todos nosotros, este Rito de Elección es también un llamado.  Entonces, tomemos en serio la Cuaresma.  Crezcamos moral y espiritualmente, utilizando sabiamente las ayudas espirituales que la Iglesia nos ofrece.  Así seremos renovados en la misión que Dios nos ha confiado como seguidores de Su Hijo: ser mensajeros de Su paz, Su verdad y Su misericordia al mundo.  Así podremos conducir a muchos otros a descubrir que la vida con Jesucristo lo cambia todo.  Lo cambia a uno para toda la vida.  Más aún, lo cambia para toda la eternidad.  Amén.

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