Homilía en la ocasión de la Cruzada Guadalupana Arquidiocesana anual
6 de diciembre de 2025; Catedral de Santa María
Lecturas: Ap 11, 19a; 12, 1-6a.10ab; Jdt 13; Lc 1, 26-38
Introducción
Durante los años que cursé mis estudios de derecho canónico en Roma, viví en la Casa Santa María, residencia para sacerdotes estadounidenses que cursan estudios de posgrado. Es un edificio muy antiguo, que se remonta al siglo XVII, y originalmente fue un convento de monjas de clausura. Tiene una hermosa capilla barroca, y sobre uno de los altares laterales cuelga una de las primeras réplicas de la tilma de San Juan Diego.
Mi lugar preferido para la oración privada en esa capilla era al final del banco, junto a ese altar. Un día, mientras rezaba allí, levanté la vista para contemplar la imagen de Nuestra Señora en la tilma, y aún recuerdo como quedé paralizado por su belleza. Permanecí en silencio durante un largo rato, simplemente admirando y estando absorbido por la pura hermosura de Nuestra Señora de Guadalupe.
El cielo visita la tierra
Ella vino del cielo, y es comprensible, porque solo el cielo podría contener tanta belleza. La apariencia que nos muestra en esa tilma es como luce en su máximo esplendor en el cielo. Es la mujer que San Juan nos describe en su visión: «una mujer envuelta por el sol, con la luna bajo sus pies y con una corona de doce estrellas en la cabeza». Esta es la mujer, nuestra Reina y Madre, que vino a visitarnos al Tepeyac. Es una madre que ama a todos sus hijos, por lo que vino de una manera que todos pudieran comprender, toda la gente de ese tiempo y lugar en particular, dos pueblos en un gran choque de civilizaciones, de quienes formaría un nuevo pueblo en su Hijo.
Esta formación de un nuevo pueblo para Dios, sin embargo, comenzó hace mucho tiempo con otra visita del cielo. Fue cuando Dios envió a Su ángel del cielo para anunciarle a la Virgen el favor especial que le pedía: ser la madre de Su Hijo. Dios esperó el «sí» de la Virgen para que, mediante su obediencia voluntaria, Dios pudiera enviarnos la mayor visita del cielo: Su Hijo, nacido en nuestro mundo de espacio y tiempo, asumiendo nuestra limitada y débil carne humana.
En su imagen en la tilma de Juan Dieguito, vemos su aspecto, reinando en gloria en el cielo. Pero no se queda allí. Dice «sí» una vez más, regresando a la tierra para traernos de nuevo a su Hijo y para llevarnos al encuentro salvador con él. Pero ¿cuál es el camino? ¿Cómo emprendemos ese camino, el camino hacia su Hijo que ella nos prepara? ¿Cómo nos dirigimos en la dirección correcta para caminar hacia él y encontrarlo?
El camino a Jesús
Ella nos allana el camino yendo primero ella misma. ¿Y cuál fue su camino al cielo? Necesitamos mirar allí, pues es allí donde ella nos allana el camino al cielo. Fue precisamente en su «sí» a Dios: «cúmplase en mí lo que me has dicho», creyendo en la palabra de Dios, en obediencia voluntaria y humilde.
Ese único «sí» lo cambió todo: cambió el curso de la historia humana, creando un pueblo de Dios en su Hijo, en el Hijo de Dios, compuesto por todas las razas de la tierra. Judíos y gentiles se fusionan ahora en un nuevo pueblo de Dios: la Iglesia, a quien la cabeza del cuerpo, el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, le encomienda la Gran Comisión de ir por todo el mundo y hacer discípulos de todas las naciones. Al difundir la fe cristiana por todo el planeta, la Iglesia construyó una civilización cristiana, de la que hemos heredado todos los bienes que apreciamos hasta el día de hoy: las obras de justicia y caridad, y el cuidado de los pobres y enfermos, con especial reconocimiento a la igual dignidad de todos los seres humanos; la belleza de las artes; los avances en el conocimiento y la comprensión del mundo de la creación de Dios; pero, sobre todo, el don de la salvación que proviene del conocimiento y el amor de nuestro Señor Jesucristo.
Ella dio su «sí» una vez más al venir a la tierra para visitar a un nuevo pueblo y traerles a su Hijo, a través del cual daría origen a una nueva civilización cristiana, cambiando el curso de la historia una vez más aquí en las Américas. Pero su «sí» no solo cambia el curso de la historia; es decir, lo que cambia no se limita a este mundo temporal. Más bien, ha cambiado no solo la historia, sino toda la eternidad. Ahora la posibilidad del cielo está abierta para nosotros; ahora es posible que vivamos en perfecta paz y felicidad con Dios, en compañía de todos los santos, para siempre después de nuestra partida de este mundo de tiempo y espacio.
Ella está todavía con nosotros
El camino es seguir la humilde y confiada obediencia de nuestra Santísima Madre. Ella sigue con nosotros, y aquí en nuestra Arquidiócesis tenemos la bendición de sentirnos aún más unidos a ella. Fue para mí un gran honor y alegría celebrar la Misa hace dos meses, el día de su Santísimo Rosario, en la Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe en México, en el mismo lugar donde se apareció a San Juan Diego. En una recepción posterior a la Misa, el comité de la Conferencia Episcopal Mexicana encargado de los preparativos para el 500 aniversario de la aparición que será en el 2031 me obsequió con una bendición que superó mi imaginación y cualquier expectativa: una réplica exacta de la tilma de Juan Diego, del mismo tamaño, del mismo material, una reproducción exacta de la tilma hasta el último detalle. Y, además, fue tocada a la tilma real.
Ahora, con esta reliquia entre nosotros, la presencia de la Virgen es aún más inmediata. Nos complace concluir la novena que conduce hacia esta Cruzada Guadalupana aquí en la Catedral, después de que la tilma haya sido expuesta y venerada en diferentes parroquias de toda la Arquidiócesis cada día hasta este día. Ofrecimos nuestras oraciones durante esta novena para pedir su ayuda, su ayuda para nuestra familia arquidiocesana y para tantas familias que tienen miedo e incertidumbre en estos momentos. Necesitamos escuchar una vez más y asimilar las palabras que le dirigió a su querido Juan Dieguito hace 494 años: «Oye y pon bien en tu corazón, hijo mío el más pequeño: nada te asuste, nada te aflija, tampoco se altere tu corazón, tu rostro; no temas …».
Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, está con nosotros, y si estamos con él, siguiéndolo con amorosa y confiada obediencia, no tenemos nada que temer. Si él está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Y ella, que es su Madre y la nuestra, nos cubre con el manto de su protección. Si permanecemos en él, si seguimos su camino e imitamos el ejemplo amoroso y humilde de su Madre, encomendándonos a su intercesión y protección, no tenemos nada que temer.
Conclusión
Este es el camino de la belleza, el camino de una vida hermosa. Nos encanta contemplar la pura hermosura de nuestra Madre, una hermosura que solo el cielo puede contener. Pero esa belleza exterior es la manifestación de su perfecta belleza interior. Su «sí» es el camino hacia esa belleza interior, el camino hacia la paz y la confianza en la voluntad de Dios para nosotros.
Acudamos a ella en busca de su protección, recordando y tomando en serio una vez más las palabras que dirigió a Juan Diego y a su pueblo, y que ahora nos dirige a nosotros: “«…yo soy vuestra Madre misericordiosa, de ti, y de todos los hombres que viven unidos en esta tierra, y de todas las personas que me amen, los que me hablen, los que me busquen y los que en mí tienen confianza. Allí les escucharé sus lloros, su tristeza, para remediar, para curar todas sus diferentes penas, sus miserias, sus dolores».