«Jesús, María y las primicias de la Resurrección»

Homilía para la Fiesta Patronal de la Parroquia de la Asunción, Tomales

16 de agosto de 2026

Introducción

Como siempre, es una alegría para mí estar con ustedes en este día tan feliz para celebrar la fiesta patronal de su parroquia: nuestra Santísima Madre, llevada al cielo en cuerpo y alma.  Ayer fue propiamente la fiesta de la Solemnidad de la Asunción, pero nosotros la celebramos hoy, en domingo, para poder alegrarnos juntos en la fiesta patronal de esta parroquia.

La palabra «solemnidad» expresa honor, reverencia y las formalidades de un rito que subrayan la dignidad de aquello o de aquel a quien honramos.  En el lenguaje de la Iglesia, también se refiere al grado de honor que se da a una fiesta de Nuestro Señor, de Nuestra Señora o de un santo.  El título de «solemnidad» es el grado más alto de honor, igual al de un domingo.

 

El Hijo y su Madre

Por ser del grado más alto, los domingos y las solemnidades se celebran con el mayor honor litúrgico. nPor ejemplo, en las Misas de los domingos y de las solemnidades hay tres lecturas: una del Antiguo Testamento, otra del Nuevo Testamento —de una de las cartas, de los Hechos de los Apóstoles o del libro del Apocalipsis— y la lectura del Evangelio.  Durante el tiempo de Pascua, sin embargo, las tres lecturas son del Nuevo Testamento.  La primera lectura siempre viene de los Hechos de los Apóstoles.  Esto nos indica que la Resurrección de Cristo nos ha introducido en una nueva etapa de la historia de la salvación, en la que la obra de nuestra redención ha sido llevada a su cumplimiento.

Como habrán notado, la fiesta de hoy, aunque no ocurre durante el tiempo de Pascua, también tiene tres lecturas del Nuevo Testamento.  La celebración de la Asunción de nuestra Señora es como un pequeño pedacito de Pascua, meses después de que ha terminado el tiempo pascual.  Hoy celebramos la glorificación de nuestra Señora. Vemos en ella reflejada la gloria de su Hijo, y ella refleja para nosotros esa misma gloria.

La Iglesia siempre ha visto en la vida de nuestra Santísima Madre misterios que corresponden a los misterios de la vida de su Hijo.  La Iglesia celebra el nacimiento de ambos: la Navidad y, el 8 de septiembre, la Fiesta de la Natividad de la Santísima Virgen María.  Celebramos también sus sufrimientos: el Viernes Santo y, el 15 de septiembre, la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores, que nos enseña acerca de la perfecta unión de nuestra Señora con su Hijo en su Pasión. Y celebramos que ambos han sido establecidos en la gloria del cielo: la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el último domingo del Tiempo Ordinario, y la Coronación de María como Reina del Cielo y de la Tierra, que celebramos una semana después de la Asunción.

 

Las primicias

Al reflejar la gloria de su Hijo, vemos en la persona de nuestra Santísima Madre el cumplimiento de lo que San Pablo enseña en su Primera Carta a los Corintios.  Allí habla de las primicias.  Ustedes saben mucho mejor que yo que las primicias señalan el comienzo de la cosecha, y que después vendrán más frutos de esa cosecha.  De la misma manera, la Resurrección de Cristo de entre los muertos anuncia las resurrecciones que vendrán después para aquellos que siguen su camino.  Y la primera de todos ellos es su propia Madre, que participó perfectamente en el misterio de la redención que Él ganó para nosotros.  Jesús resucitó de entre los muertos no simplemente para que nosotros pudiéramos contemplar su gloria, sino para destruir la muerte por nosotros y para que nosotros pudiéramos compartir su gloria en el cielo.

San Pablo continúa hablando aquí de Adán y de Cristo.  Dice que la muerte entró por medio de un hombre: en Adán todos morimos.  Adán representa aquí nuestra naturaleza humana, que es débil y está inclinada al pecado, y el pecado nos lleva a la muerte.  La muerte es el fruto amargo del pecado, y el pecado es nuestra propia culpa.  Por nuestro pecado tenemos una deuda con Dios, porque por el pecado lo rechazamos y tratamos de vivir según nuestro propio camino, en lugar de vivir según el camino de Dios.  Tenemos esta deuda con Dios, pero está más allá de nuestras propias fuerzas. No podemos pagarla por nosotros mismos. Solamente Dios puede hacerlo por nosotros.  Pero, puesto que somos nosotros quienes tenemos esa deuda, Dios se hizo hombre para que, como hombre, pudiera pagar esa deuda por nosotros y liberarnos de las cadenas de la muerte, para que pudiéramos vivir una vida de pureza y de fidelidad como discípulos suyos, delante de Él.

Sin embargo, vivir una vida de pureza y fidelidad requiere mucho esfuerzo de nuestra parte.  Jesús quiere que conozcamos la verdadera felicidad con Él y unos con otros, y esto solamente es posible cuando vivimos como Él nos enseña.  Él es el camino, la verdad y la vida.  ¡Y nos da muchísima ayuda!  Nos da la Iglesia, nuestra madre, para alimentarnos y fortalecernos por medio de los sacramentos y de sus enseñanzas, que nos conducen a la verdadera paz y libertad.  Y también nos da a su propia Madre, la Santísima Virgen María, como madre nuestra.  Ella es la primera que participa de esas primicias de su Hijo, y siempre está allí para interceder por nosotros ante Él.  Ella camina con nosotros, nos guía y nos protege como nuestra Madre amorosa.

 

Conclusión

¡Dios no podría habernos dado un regalo más grande!  ¡Y todo esto aunque no somos dignos de recibirlo!  La única respuesta que podemos dar ante un regalo tan inmerecido es la gratitud, una gratitud que vivimos tratando de agradar a Dios en todo lo que hacemos.  Nunca podremos pagarle a Dios por todo lo que ha hecho por nosotros, ni por todo lo que ha realizado por medio de su Hijo, nacido de María, su Madre.  Pero el amor nos mueve a intentarlo de todos modos. 

Damos gracias a Dios por habernos enviado a su Hijo para que podamos ser libres, puros y fieles.  Le damos gracias por haber llamado a María de Nazaret para que fuera la Madre de su Hijo y también Madre nuestra; para que reflejara hacia nosotros la gloria de su Hijo y nos mostrara cómo vivir la vida de esa gloria.  Esforcémonos, entonces, con la ayuda de Su gracia, por agradarle en todas las cosas, para que Dios sea glorificado y nosotros podamos llevar Su luz al mundo.  Amén.

 

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